INSIGNIAS 2026

VIDEO DEL ACTO DE ENTREGA DE INSIGNIAS Y DISTINCIONES

24 de septiembre de 2026

INTERVENCIONES EN REPRESENTACIÓN DE LOS HOMENAJEADOS

24 de septiembre de 2026

Un brindis de palabras; celebración insignias de plata COAGR 2026

Juana Sánchez Gómez


Muchas, muchas, muchas gracias al equipo directivo del colegio por confiar en mí para la responsable tarea de que mi voz sea, esta tarde, un coro en el que todas las diversas y maravillosas tonalidades que celebran 25 años de colegiación se reconozcan en armonía.

¡Que es un honor muy difícil, vaya!

¿Por qué yo? Fue lo que pensé de inmediato ante la gratísima sorpresa que me anunciaba por teléfono Ismael. Seguido de la sospecha de que, tal vez, el enorme cariño de Macarena mediaba (Gracias, como siempre, Macarena).
Quizá se trataba de una continuidad al respaldo de los premios compartidos con Diego, con los que durante este tiempo el colegio nos ha reconocido. O que pesara, de nuevo, el compromiso en favor de la paridad de género, siendo en ese caso y con gusto, cómplice consentida de papel que todavía debemos jugar; aunque abrumada, “Profesor y Maestro Emilio”, colegiado 1017, por ser tu par en esta otra palestra. 25 años de colegiación nos separan, muchos de ellos en la encomiable tarea de
decano, pero 3280 colegiados después de ti nos unen.

Aunque, nada de esto me parecía suficiente para que la colegiada no 4297 (justo detrás de ti, querida Carmen) resonara hoy en este templo “salón de los jueves”: Ecos de gigantes reverberan.

¿Y por qué no?, me asaltó la almohada, si con orgullo alzaría la voz, porque en este enamoramiento de la arquitectura en el que vivo, desde que tengo conciencia de mí, cada día la admiro más al concretarse en el inconmensurable esfuerzo de quienes, una a uno, ejercen la profesión; gigantesco, para construir esa entelequia, “la arquitectura”, a la que, en un sentimiento colegiado, amamos.

Seres tan tozudos como etéreos, capaces de prendarse de “la hoja que, taciturna, cae en otoño sobre una lámina de agua”. Por si no me ha salido el tono suficientemente irónico, parodio la inmediatez en la que con frecuencia somos descritos. Cómo si fuera fácil, qué más quisiera; ser tan fácilmente descrita: “el juego sabio del volumen de la hoja bajo la luz”, pero que va… Abrumada por esa complejidad, detengo el pensamiento en el instante que la hoja se mantiene a flote desafiando la masa de agua en su tensión superficial… y es llevado, “con botas y casco”, a la comprobación de cuantos kg de acero harían falta para sostener esta o aquella estructura… Bueno, si os parece más conveniente para los tiempos que corren, cambiadlo por escuadría de madera… Una ínfima expresión de tanto y tanto por observar, de todo lo que debajo, arriba, por, para, entre o en medio se habita.

Un ejercicio, este de la arquitectura, desarrollado con más o menos virtuosismo, pero siempre con grandes dosis de malabarismo: ¡Un soplo y la hoja se hunde! Del instante de ideación a larguísimos procesos: clientes, licencias, constructores y ¡visados!

¡Qué paciencia, querida Alicia, al referirme por teléfono los “reparos a visado” de aquellos primeros años! ¡Cuánto sonrojo, templado con enormes dosis de ilusión por “ese granito propio en la entelequia”, por “hacer arquitectura”, que por fortuna sobrevive 25 años después; aunque ahora me dedique más a incitar a otros —estudiantes— a estar alerta de los infinitos y fascinantes momentos de “encuentro agua y hoja”!

Puede que el recuerdo del reciente paseo por la Alhambra me haya soplado, al oído del pensamiento, este feliz encuentro otoñal por el que divago, y que en otra deriva pone ejemplo a cómo lo efímero, mientras sucede, puede ser percibido eterno. Eso, estoy convencida: puede sucedernos aquí hoy.

Últimamente vindico, en cada acto académico en el que participo, su valor en tanto que liturgia. Ceremonias que comprimen simbólicamente, como la de hoy, ingentes y valiosos tiempos. Porque no importa si “cuando den las doce” la calabaza se convierte en nuestra fantástica sede (conjurada por la maestría de Rafa y Paco) y volvemos a situarnos en esa tremenda individualidad que también, en alto % parece impresa en el ADN de la “familia arquitectura”. Aunque, siempre quedarán esas fotos, manifiestos testigos, que se dejarán ver un día cualquiera y que, incluso tras la más ácida de las críticas que nos tiente, terminarán esbozando una sonrisa en la memoria.

Así que, sea ahora, y para siempre, este “brindis de palabras” por la generación colegial de 2001:
“Una odisea en el espacio” y el año en el que pasamos de la escuela al colegio.

Coincidencias generacionales, el colegio pasó de ser demarcación de “Andalucía Oriental” a “Oficial de Arquitectos de Granada”. Tiempos de turbulencias, pero también de efervescencias.

Salvamos los malos augurios del año 2000, aprendimos a pagar en euros, pero no vimos venir las crisis, de diversa índole, a las que este cuarto de siglo nos ha enfrentado:
Somos la “quinta RESILIENTE”, “palabro” que, gracias a “nuestro espíritu fluido”, integramos con naturalidad en “nuestro glosario”. Qué remedio, cuando la caída de aquella banca de “tierras lejanas” terminó llevándose por delante a tantos estudios “de aquí mismo”. Tiempo después, cuando se le sumó a la económica la crisis medioambiental, la integramos en las estrategias proyectuales, haciendo de lo “Unfinished” un “made in Granada”.

¿Qué habéis hecho durante estos años -de crisis-?, nos preguntaron tras una conferencia que dimos en la Escuela de Viena: Hibernar. Demasiados los que tuvimos que pertrecharnos con aquella ideológica piel de oso.

¿Qué hacemos los arquitectos españoles? Nos preguntaban en una sesión de debate mis queridos Kauh junto a Jorge. Un novedoso formato cultural, que en el año 2013 acogía la que fuera tan laureada sede, cuando, como las grandes casas nobles, tuvo que abrirse “a bodas, bautizos y comuniones”; eso sí, con la naturalidad que supo imprimirle al trance nuestra flamante primera decana. ¡Querida Marta Gutiérrez, que te anticipaste a la era Colau!

Así, entre “otras labores”, nos familiarizamos con novedosos acrónimos. Salidos de una escuela en la que aún se demonizaba el CAD -sacrilegio contra la mano alzada- tuvimos que deglutir a toda prisa el CTE, DB-SE, SI, SUA, HS, HR, HE y su PM (o, “la madre que los parió”, en “granaíno”).

Luego vinieron los BIM y GIS, atravesados por la COVID (en nuestro recuerdo, decano Ángel), dejando como secuela el predominio del “modo virtual”.

Inmersos, con el siglo, en el trampantojo de la innombrable SOSTENIiiibilidad. Inevitable el balbuceo cuando la agilidad mental no nos da para eufemismos. Pero, suerte de generación granadina que aún nos cautiva Timanfaya sin dolernos por su atentado ecológico. Sea porque no hemos dejado de ser trogloditas (bien lo sabes tú, Tomás), y este debate de si habitar “el nido o la cueva” nos ha sido siempre familiar; Así que, si había que bailar con ella, la más escurridiza, ¡por soleares!

Después, eficiencia energética, infraestructura verde, perspectiva de género, renaturalización, “more than Human” ! entre tantos, se han hecho un hueco en nuestro argot proyectual cotidiano. Cuestión de terminología. Porque, los que nos formamos, acogimos sin aspavientos el léxico global, desde esta privilegiada periferia en la que aprendimos a proyectar sin distinguir las disciplinas de paisaje, urbanismo, edificación. Así lo confirmo, cuando aún recuerdo, detrás de muchas de las insignias que hoy se prenden, sus proyectos de escuela.

Y para ponerle lazo a este periplo, la comidilla en todos los foros, de la más rabiosa actualidad: IA.

Puede que sea melancolía, pero aquel chirriar del modem me parece por momentos menos irritante que la abnegada cordialidad del: “¿En qué puedo ayudarte hoy Juana?”, que me asalta al levantar la tapa del PC -en horas indecentes de la mañana- Quién sabe si por sospechar que va camino de hacerse indispensable.

Durante todo este tiempo, además de su inestimable función de “control de calidad del proyecto” con los visados, el colegio, depositando su confianza en cada equipo de dirección liderados por Ángel, Emilio, Marta, Luis Alberto e Ismael, ha ido actualizando el enfoque cultural y su labor de formación para abordar con empeño cada una de dichas afrentas. Ha traspasado los límites de su sede, como potente transmisor de cultura arquitectónica y actualización normativa, que progresivamente se ha ido convirtiendo en una infraestructura de formación permanente para la transformación de la profesión, sin dejar que se perdiera su activismo cultural, superando con creces, y grandes dosis de imaginación y empeño, algunos momentos de agonía.

No sin pérdidas; dolor inolvidable por la diáspora de los libros, esos que con tanto mimo nos ayudabas a localizar, querida María Luisa, irradiándonos, de paso, con tu paz.

Pero, la biblioteca se recuperó, como el “recuperado salón de los jueves”. Una habitación que ha ido mutando en el espacio, hasta desvanecerse en sala virtual y en el tiempo, con momentos de retaguardia, pero nunca en el olvido.

Qué prudencia la de aquella estudiante al colarse en la sede de la Gran Vía, a la que en tropel asistíamos después de clase, cruzando los dedos porque los colegiados hubieran preferido quedarse en casa que venir a escucha a Siza, Moneo, Campo Baeza… (Una sala en penumbra en la que aún se entremezclaban las ensoñaciones con las siluetas ondeantes del humo de tabaco).

Algo sospecho tiene que ver este arraigo con la fuerza que nació del alma arquitecta de Ricardo Hernandez. Tan potente como el trazo, la pincelada con la que V. Albardíaz ponía acento “al tarjetón”. Nada más verlo, te picaba la curiosidad, te invitaba: ¡cómo sería el siguiente que canónicamente aparecería en unos días tu buzón! Qué señalaría esta vez, la misma y distinta marca.

No renuncio a la nostalgia de aquellos tiempos si nos encamina a donde quiero ir a para con los recuerdos: al potencial que en ese trasvase entre escuela y colegio advierto a futuro.

En estos 25, los diez primeros fueron un torbellino para mí en la apuesta por un desarrollo profesional que me ayudara a crecer lo suficiente para volver a “la escuela”, mi gran ilusión, con algo propio que ofrecer. Cuantísimos concursos, ahora inaccesibles…Así fue, no lo conseguí sola, y la segunda década pasó al dictado de los numerosos “salvoconductos” que te exige la “Academia”.

Hasta que el último lustro me ha investido profesora titular, “cuerpo del Estado”. Una transformación de mi ser que se suma a otras biológicas, arrastrándome a la corriente de radicales cambios. Mantener “mi colegiación” aparece, en ese torbellino, como el ancla al “cuerpo profesional”. Seguir haciendo “colegio”, me reconforta, porque además, en su polisemia, sinónimo de “escuela”, me sugiere un guiño. Ese que hace un rato os lancé en un juego de palabras: pasar de la escuela al colegio, que no es un trance, sino un tránsito.

Atendiendo a la situación actual de las escuelas de arquitectura andaluzas, me pregunto si empeñándonos en recorrerlo, podríamos trazar un camino.

De un tiempo a esta parte, en las escuelas de arquitectura en general la profesionalización de lo académico se viene priorizando, por mandato normativo; impera la carrera investigadora. El formato “facultad” bascula en favor de una Universidad que coge fuerza en su globalidad, pero diluye, a mi parecer, el espíritu de “escuela” que hace fuerte este periodo de tiempo, en torno a la arquitectura, que llamamos carrera académica. La figura del profesor asociado tiende a desaparecer, extinguiéndose la facilidad de transmisión ágil, renovada, de la profesión al aula. Particularizado a las escuelas de Andalucía oriental, debido al momento de consolidación en Málaga, y al de renovación de plantilla en Granada, esta tendencia es crítica.

En este contexto: ¿Qué pasaría si la maquinaria colegial aportara herramientas para construir ese camino y, partiendo de las bondades de esta tendencia, sumaran a la academia en favor de un modelo formativo alternativo?

Un proceso para el que, tengo la intuición, esta generación del 26, del colegio de Granada, ha aportado valiosas claves:
Gran parte de esta quinta somos de las primeras promociones de la Escuela de Granada en las que, según la hipótesis que sobrevuela las conversaciones con colegas de otras regiones, se percibe una “identidad Granada”. Tal vez no hubo un objetivo predeterminado de partida que la persiguiera, tal vez se lo debamos a la experiencia de habitar esta tierra nuestra, o la confluencia de una excepcional generación de profesorado, entre cuyos atributos me interesa destacar esa bella anarquía disciplinar, a la que antes ya me he referido, y en la que hemos crecido.

Sin disciplina, pero muy disciplinados: porque en lo que se refiere a esa complicada tarea de pasar de la ideación al proyecto, está esa costumbre, tan nuestra, de estudiar “lo preexistente”, de donde partimos, a quienes interpele, donde, cuando, como, por qué…hasta la extenuación – Hacíamos DAFOS superlativos antes de saber de este otro acrónimo (este se me ha pasado). Seguidos de una profusión y mimo “escala de bordado” en los dibujos.

Procesos que han tenido lugar y tienen en pequeños-grandes “estudios propios” (como muestra el botón Fresneda a los que les Zamora). Dónde se tocaban, donde tocamos todos los palos”: el dibujo, el desarrollo técnico, la visita a obra… y la administración.

En un momento en el que para las generaciones actuales este parece un modelo de ser -criatura-
arquitecto obsoleto, ¿cómo podría trascender? ¿Cómo vincularse a “esa maquinaria colegia” para

trazar “ese camino alternativo de aprendizaje”?
Tal vez sea esta la siguiente afrenta para que, llegados a la insignia de 50, alguna voz amplíe con este
los orgullosos logros de “los del 2001”.

HOMENAJE DEL COLEGIO A QUIENES CUMPLEN 50 AÑOS DE COLEGIACIÓN INTERVENCION

Hemilio Herrera Cardenete


 

Decano, compañeros, familiares, amigos.

Muchas gracias a la Junta de Gobierno del Colegio por este reconocimiento a quienes, en los meses próximo pasados, hemos cumplido 50 años de colegiación. Nos sentimos agraciados y satisfechos por haber llegado, razonablemente bien, hasta aquí.
Es para mí un honor responder en nombre de todos ellos.

Probablemente por mi dedicación docente, no he empleado el papel para mis intervenciones. Pero, por una parte, conforme pasan los años crece el riesgo de decir lo que se piensa sin pensar lo que se dice ‐aunque eso no sería problema aquí, entre compañeros‐. Y por otra, el deseo de ser breve, junto a la necesidad de prodigarme en el recordatorio ‐nombres y fechas‐, me lo aconsejan especialmente.

En estos casos, siempre surge la duda sobre si una intervención de contestación, en nombre de todos los homenajeados, debe conformar un compendio de aspectos propios de todos y cada uno de nosotros, o si se puede responder desde una perspectiva más personal, en este caso, de quien les habla.

No sin dejar de intentar el equilibrio, me acojo a esta opción, pidiendo disculpas por el atrevimiento. Cabe la justificación de que, al haber ejercido la profesión de una manera especialmente abierta ‐profesión libre, funcionariado y docencia, asistencia a corporaciones, colaboración con la justicia, etc.‐ y haber desarrollado para nuestra organización colegial el más amplio repertorio de compromisos, cargos y servicios ‐que compendio en mis dos etapas de decano, la primera del COAAO y la última ya del COAGR‐ podré no desviarme en exceso del particular enfoque de cada uno de mis compañeros.

Y como pueden suponer, voy a referir mis comentarios de forma muy especial, aunque no exclusiva, a lo acontecido en los primeros veinticinco años de los cincuenta que ahora se cumplen para nosotros.

Pues sí. Hace ya 50 años cumplidos de nuestra llegada a Granada con la carrera recién acabada.

Veníamos de distintas Escuelas, ya la mayoría de la de Sevilla, aunque también alguno de las de Valencia, Madrid o Las Palmas. Éramos del Plan del 64 y las Escuelas aunaban una buena preparación de los alumnos con una gran dureza, a veces extrema, que emanaba de la dificultad y densidad de contenidos del propio y constreñido Plan de Estudios, lo que exigía un ímprobo esfuerzo. También por el distanciamiento imperante entre profesor y alumnos, entre docentes y discentes. Pero a nuestra edad, sobre todo se multiplicaban los buenos momentos que agradecemos sean hoy los que recordamos.

De aquella etapa universitaria quedan muchas anécdotas. Quizá la más repetida es la referida a la máxima “el arquitecto debe ir siempre correctamente trajeado porque en cualquier momento puede ser objeto de homenaje” que repetían profesores de la Escuela, remedando al autor de la frase, el catedrático de la de Madrid Antonio Camuñas. Más recientemente, marcando anacronismo, he oído también esta anécdota en alguna ceremonia de graduación de alumnos de la Escuela de Arquitectura.
José Marín, uno de los compañeros a los que ahora represento, me ha pedido que lo disculpara de asistencia a este acto, lamentando yo que ello sea por una causa delicada. Pero me ha traído a la memoria aquélla otra anécdota, más graciosa, que él me contaba cuando recibió el Premio Maestranza a su expediente en la Escuela.
Los premios, tanto a los mejores expedientes académicos de la Universidad de Sevilla como los referidos a la Feria Taurina de Abril, eran otorgados por la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. En esta ocasión, en el cóctel subsiguiente al acto de entrega de premios, se acercó a Pepe Marín para darle la enhorabuena una persona que, tras conjeturar que Pepe no parecía conocerlo, le preguntó ¿sabes quién soy? Pepe le respondió “Sé que eres torero, pero no exactamente quién”. Bueno, le contestó “soy Fernando Parias Merry, alcalde de Sevilla”.

Nuestra vuelta a Granada recién titulados coincidió con el paso de la Dictadura a la Democracia y vivimos de pleno, como jóvenes arquitectos, la Transición. Toda una etapa apasionante, de enorme grandeza de miras, injustamente denostada hoy por algunos.

Y rápidamente nos colegiamos, con residencia en Granada, en el entonces Colegio de Arquitectos de Andalucía Oriental. Por cierto, Colegio que sigue siendo éste en el que hoy estamos, tras su cambio de denominación, como más adelante aclararé.

En aquél momento, las Instituciones se aprestaban a conseguir el marchamo democrático que exigían los tiempos. Pero los Colegios de Arquitectos, desde su fundación en 1931, habían mantenido un comportamiento democrático en fondo y forma. Sus Estatutos, de aquélla fecha, no tuvieron que adaptarse en este sentido de manera alguna. Su artículo primero ya establecía, como sigue en la actualidad, la función social de la Arquitectura, y su estructura y funcionamiento respondían a planteamientos totalmente democráticos.

Por esa razón, aunque no exclusivamente por ella, gozaron de un enorme prestigio y reconocimiento social. Su continua e ingente actividad en el ámbito cultural, no solo dirigida a los colegiados sino, muy especialmente, a la Ciudad, también contaba. Y no cabe duda que todo ello era posible gracias a su gran solvencia económica.
La participación del Colegio en lo público resultaba habitual, siempre requerida por las Instituciones y Organismos de la Administración.

Como decía, llegamos al Colegio allá por los años 75 ó 76 del pasado siglo.

La sede, colegial, segunda planta completa del edificio Olimpia de la Gran Vía, era propiedad de la HNA, que la había comprado en obra y la arrendó al Colegio, que se hizo cargo de las obras de adaptación, con un coste similar al del inmueble.

Me recuerdo sentado frente a D. José Molina, jefe de administración ‐padre de José y Mary Molina que también trabajaron para nuestro Colegio‐, en el momento de proceder a tramitar mi colegiación. D. José se dirigía a mí, un joven de veinticuatro años, con tan especial respeto y consideración, que me impresionó de sobre manera. Poco tiempo después, tras la jubilación de D. José Molina, se hizo cargo de la administración D. José González, con el que convivimos hasta poco después del traslado colegial a Santa Paula.

Mi primera ocasión de acudir y participar fue a los pocos días de mi colegiación. Recuerdo que se trataba de una reunión sobre el Albaicín y las posibles alegaciones a su primer intento de Planeamiento especial. Me dirigí a uno de los presentes, Francisco Prieto Moreno, tratándolo de usted. “Niño, los arquitectos nos tratamos siempre de tu” me respondió. Y así hasta ahora.

Indagué si había alguna actividad o departamento en el que poder participar. Así recalé en el Departamento de Información que dirigía el Secretario del Colegio Pedro Salmerón, junto a Luis López Silgo y Juan Diego Guerrero. Sucedía allí a Eduardo Ortiz. Fue mi bautismo de fuego colegial.

Publicábamos un fanzine en el Departamento al que, entonces precozmente, colocábamos en portada ‐a su derecha‐ unas franjas verticales con la blanquiverde.
En uno de sus números difundimos un artículo, que nos había sido remitido, titulado “La candidatura electa explica”. Habían sido recurridas judicialmente las elecciones a Decano y constituida la Junta de Gobierno con un Decano de edad. Pues bien, el artículo, remitido como he dicho por los recurrentes, no gustó.

Fuimos llamados a capítulo formalmente por el Decano y, en su despacho y en presencia del asesor jurídico colegial, recibimos la correspondiente regañina que, la verdad, resultó totalmente paternalista. Informados los autores del texto se limitaron a darnos una segunda sesión de paternalismo pero, de asumir autoría, nada de nada.

Vuelvo a aquellos primeros años y recuerdo los inefables viajes que realizábamos cada semana a Sevilla, cursando el doctorado, un grupo formado por algunos de nosotros ocho junto a otros compañeros anteriores, siempre en el coche de Pedro Salmerón, el único que entonces disponía de vehículo.

El Colegio entonces, por sus propias características físicas, estructura y funcionamiento interno y por los modos de gestionar, propiciaba la relación entre un número poco extenso de colegiados. Se establecieron fuertes vínculos de amistad y surgían con frecuencia grupos que, con diferentes objetivos, mantenían periódicos encuentros, normalmente con mesa y mantel.

Aporía fue uno de ellos del que formábamos parte una docena de compañeros, Alejandro Pérez Lastra y Renato Ramírez entre ellos, pero cuya alma máter resultaba ser habitualmente Eduardo Ortiz. Hoy seguimos reuniéndonos seis persistentes.

Vivimos el traspaso de competencias de la Administración central a la autonómica, pasando por aquel incierto periodo de pre‐autonomía. Tengo que decir que resultaba mucho más ágil la primera que la descentralizada: Tramitar un proyecto de promoción pública del entonces INV ‐luego IPPV‐ resultaba más fácil con Madrid, a través de alguna llamada telefónica, que luego en Sevilla con inevitables viajes.

Había suficiente cantidad de trabajo, aunque mal repartido, pero no todo relucía. Desembarcamos entre las llamadas “crisis del petróleo” que afectaron de forma muy intensa a la construcción. La primera (1973) mostraba aún sus efectos a nuestra llegada y, tres años después, se recrudeció todo con la segunda (1979).

Y en algunos pueblos costó trabajo implantar la obligatoriedad de proyecto para la realización de un edificio. Con las direcciones de obra la cuestión era aún peor.
A la Administración pertenecía un grupo no muy extenso de arquitectos funcionarios. Todos contaban con un gran prestigio y enorme experiencia profesional, aunando en la mayoría de los casos la función pública con el ejercicio libre de la profesión.

Los nuevos tiempos obligaron a acometer desde el Colegio un proceso para establecer las lógicas y necesarias incompatibilidades que, en algunos momentos, resultó costoso para las buenas relaciones entre colegiados. Era necesario y se hizo.

Con algunas excepciones, que tienen nombre y apellidos, la tramitación de nuestros trabajos resultaba poco compleja y razonablemente ágil. La simplicidad de la Normativa técnica y urbanística lo solía permitir.

Un momento especialmente delicado para nuestro Colegio fue cuando comenzó a llegar un considerable número de solicitantes de colegiación, casi todos residentes en la provincia de Málaga, con su título de arquitecto obtenido en la República Dominicana, concretamente por la Universidad Central del Este de San Pedro de Macorís, y no en todos los casos con probada integridad.

Fuimos reticentes a proceder a otorgarla, tanto el Colegio como el CSCAE que tenía la última palabra para títulos extranjeros. Se nos demandó civil y penalmente, fuimos procesados y llevados al banquillo en un Juicio ante la Audiencia Provincial de Granada, todos los miembros de la Junta de Gobierno del Colegio de Andalucía que yo como Decano presidía, más los consejeros del CSCAE que presidía Rafael de la Hoz Arderíus.

Como no podía ser de otra manera, salimos totalmente exonerados, aunque los solicitantes de la colegiación finalmente la obtuvieron. Pero conseguimos que el Estado Español, casi de forma inmediata, anulara el convenio de reconocimiento de títulos que mantenía con la República Dominicana y todo quedó allí.

Me he referido con anterioridad al cambio de denominación del Colegio de Arquitectos de Andalucía Oriental por éste de Granada en el que hoy estamos.

Efectivamente, cuando hace veinticinco años se reestructura nuestra organización colegial en Andalucía y los dos Colegios existentes ‐Andalucía Occidental y Andalucía Oriental‐ se transforman en los ocho actuales, mas los de Ceuta y Melilla, los Colegios de Almería, Jaén, Málaga y el de Melilla se crean por segregación del de Andalucía Oriental, cambiando éste su denominación por Colegio de Granada. Otro tanto sucede con los Colegios de la parte Occidental.

Es por ello que podemos reivindicar que la antigüedad de nuestro Colegio, al igual que la del de Sevilla, no es de 25 años, sino próxima al centenario.

La reestructuración colegial relatada, junto con el cambio de sede, son factores determinantes de un cambio drástico que se produce en este Colegio a mitad del período de los 50 años que se glosa. La introducción de la informática estaba en su comienzo.

Junto a todo ello, la creación de la ETSA de Granada unos años antes (1993), a final del pasado siglo, constituye el otro motivo fundamental en el cambio de la profesión en Granada. Algunos de los homenajeados por sus 25 años de colegiación, ya pasaron por las aulas de esta Escuela. Por supuesto los nuevos egresados a los que hoy recibe el Colegio.

Aprovecho el momento para felicitar a los colegiados que celebran los 25 años y unirme en la bienvenida a los de reciente incorporación.

Voy terminando, pero no quiero hacerlo sin hacer un rápido recorrido por lo que ha sido mi vida en relación con este Colegio: Secretario Técnico primero, después Secretario de la Junta Directiva, Secretario de la Comisión Deontológica (denominada de forma terrible Comisión de Depuración Profesional, aunque sus resoluciones siempre fueron más laxas que las aplicadas en etapas posteriores hasta hoy) y posteriormente Presidente de la Delegación del Colegio, fueron mis sucesivos compromisos colegiales en Granada entre 1976 y 1986. Después dos mandatos de Decano del Colegio de Andalucía Oriental y, finalmente, otro de Decano de Granada. También con la Agrupación de Peritos Judiciales que promoví en su momento, el CSCAE, el CACOA, etc.

Media vida colegial y personal, en extensión y, sobre todo, en intensidad.

Y tampoco quiero concluir sin al menos una referencia a lo que han sido otros pilares de mi actividad, la dedicación académica en la UGR, primero en la Escuela de Aparejadores y, desde su creación, en la de Arquitectura. En ambas escuelas compatibilicé la docencia con tareas de gestión universitaria, como la Dirección, en diferentes etapas, de ambas Escuelas.

Mucho tenemos que agradecer todos nosotros y en gran medida, a numerosas personas que nos han rodeado en este tiempo permitiéndonos desarrollar de la mejor manera toda nuestra actividad profesional en estos 50 años. En la familia, en nuestro estudio, en el Colegio, colaboradores, compañeros y amigos. Aquí lo hago en nombre de todos.

En mi caso, lo quiero centrar en mi mujer, Soco, que soportó mis ausencias especialmente por los desplazamientos que exigían la profesión y los cargos antes referidos. Y tampoco pasar por alto una circunstancia que me produjo la mayor satisfacción y que modificó positivamente mi forma de ejercicio profesional: me refiero a la llegada a la profesión de mi hijo Emilio y su incorporación a nuestro estudio de arquitectura hace ya 20 años. Mi jubilosa reciente jubilación, valga la redundancia, tiene que ver la continuidad que con su presencia siento en todo lo que para mí ha sido esta profesión tan querida.

En anteriores pasajes de esta intervención he mencionado a varios compañeros, pero ahora, para finalizar de verdad y de manera expresa, quiero recordar a algunos que se fueron, a veces muy prematuramente. Renato Ramírez y Alejandro Pérez Lastra, Decanos de este Colegio que me precedieron y sucedieron en el cargo. Fueron mis grandes maestros para comprender y querer esta corporación. Y fueron grandes amigos.

También, Paco Bertos, Juan Diego Guerrero y Eduardo Ortiz, amigos entrañables, compañeros en el Colegio y la Universidad y, con Paco Bertos, en el estudio que ambos fundamos y donde conjuntamente ejercimos la profesión durante muchos años.

Mi recuerdo entrañable a todos ellos allá donde estén.

No pienso que todo tiempo pasado fuera siempre mejor. La ilusión con la que me refiero hoy a tiempos pasados, vividos con plenitud y satisfacción, puede hacer que así parezca. No obstante, en el escenario de nuestra profesión y ejercicio profesional, no cabe duda que los que hoy celebramos nuestras bodas de oro como arquitectos, hemos vivido, en algunos aspectos, momentos irrepetibles que no debemos dejar de agradecer.

Muchas gracias.